Soldaditos de plomo PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Redacción   
Miércoles 24 de Marzo de 2010 00:07
Jaime Ordóñez

El terremoto y el doloroso drama de hace tres semanas en Chile (ese país tan querido) debería servir para una breve reflexión sobre el desarrollo. Parafraseando el corrido mexicano, la primera reflexión se podría titular así: no sólo hay que crecer primero, sino hay que saber crecer. Me refiero a la producción, por un lado, y a la distribución, por el otro. El reciente drama demostró que hay dos Chiles. Por un lado, el Chile dinámico y milagroso que creció en las últimas décadas a un ritmo de casi el 6% o el 7% del PIB anual, que se diversificó industrialmente y tuvo la capacidad de introducirle valor agregado a muchos de su productos. El país que cumplió todas las reglas. El ejemplo a seguir en materia de producción y exportación; una suerte de tigre asiático en América del Sur.

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Sin embargo, el terremoto desnudó—repito—dos países distintos. El segundo Chile es resultado de algo a lo cual Milton Friedman y sus discípulos de Chicago nunca le pusieron demasiada atención ni les interesó mayor cosa: el crecimiento hacia adentro, la equidad. Aparte del país opulento de la zona de negocios de Santiago y sus barrios de clase alta, de los circuitos pujantes y de “la gente linda” de Valparaíso y Viña, el impacto de la tragedia mostró otro Chile, el Chile de siempre, profundo y esencial de Antofagasta hacia el norte. Y hacia el sur, rumbo a Concepción y Valdivia, ese Chile más rural y menos beneficiado con la riqueza de los últimos años, el cual corre— como un rosario de cuentas— hacia el helado y hermoso mundo Austral. La devastación de ese Chile es más grande, y le costará mucho más recuperarse.

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Y, además, se trata de un Chile que tiene resentimientos sociales a su interior. La gente que masivamente asoló tiendas y saqueó centros comerciales no eran únicamente rateros comunes (algún porcentaje de ellos habría). En su mayoría eran gente de la calle, trabajadores de clase baja, obreros, que de repente, en una situación límite, dieron rienda suelta a resentimientos enconados. La moraleja es clara: Chile en verdad creció mucho en los últimos 20 años. Incluso redujo la pobreza. Sin embargo, ha sido el país con la tasa más desigual de distribución del ingreso en los últimos lustros. Final de la moraleja. Hay algo peor que la pobreza: la desigualdad. Se trata de crecer, pero también de saber crecer. De crecer hacia adentro.

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Soldaditos de plomo es la segunda reflexión de este artículo. ¿Cuán útil fue el Ejército y la Marina de Chile en esta tragedia? El Ejército más caro de América Latina, el mejor financiado, con su arrogante uniforme prusiano y su paso de ganso, demostró su escasa utilidad, su tardía reacción y sus grandes errores de previsión. La Marina, por ejemplo, fue incapaz de anunciar el primer Tsunami. El Ejército, en general, demostró su incapacidad para atender una catástrofe humanitaria. Y la gran pregunta es, entonces, ¿de qué sirven los ejércitos hoy día? ¿Cuándo tuvo Chile su última guerra con un país exterior? Hace más de un siglo, si no me falla la memoria. De nada sirven los ejércitos en estos tiempos. Se trata de dinero perdido. De mantener una casta. En esta crisis demostraron ser inútiles soldaditos de plomo, justo como el del cuento de Hans Christian Andersen.—

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